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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Punto y final

No, no de la columna, que es verdad que el título suena alarmante (o reconfortante, a saber). Hace semanas que intento terminar un trabajo que siento como acabado desde principios de mes, pero al que le quedan flecos, cierres, cuestiones de formato, notas a pie, imágenes que cuadrar, cosas así. Y ayer le decía a mi compañera, Marta, que me sentía el puñetero Sísifo, condenado a no terminar el dichoso trabajo, o como los ciclistas en el Alpe d’Huez, que siempre se encuentran una loma más cuando creen que ya han terminado de subir. En fin, piensa uno: “si lo más complicado, lo más largo, el meollo ya lo he terminado. ¿Por qué me está costando tanto poner el punto y final?”. Y Marta me dice “sí, en las películas a veces pasa eso”.

Es cierto, cada vez es más frecuente encontrarse con películas que terminan mucho después del punto final, o al menos después del punto y final que uno habría puesto como espectador. El cine de los años cuarenta y cincuenta no tenía ese problema, como no tenía ese problema a la hora de poner en marcha la narración: en dos minutos te cuentan quien es Bogart, quien es Bacall, quien es Peter Lorre y qué relación les une. Luego te cuentan la película y al final, justo cuando el bueno dispara al malo y salva a la chica, hay una subida de música, quizás un beso y luego un cartelón enorme que pone “The End”. Y ya está, tan contento que se marcha uno.

Sin embargo ahora el contexto es tan importante que no sólo se tardan 45 minutos en clarificar quién es quien y qué le pasa a cada uno, sino que se tardan otros 45 en poner el fundido a negro final después de que la película haya acabado a todas luces. Recuerdo la desesperación que me entró al ver que la última parte de El señor de los anillos de Peter Jackson no remataba. Joder, ya han tirado el anillo único, ya han ganado… acabemos, ¿no? Un amigo me daba una pista: “si ves todas las películas seguidas, una detrás de la otra, ese epílogo es absolutamente necesario”. Será.

También pienso en Código fuente, la última película de Duncan Jones, que desaprovecha un final brindado en bandeja por la propia narración y con capacidad de dejar la duda dentro del espectador para elegir añadir todavía unos minutos en el que la mitad de las incertidumbres quedan despejadas. Y por supuesto pienso en el caso excepcional de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, que ya comenté alguna vez por aquí, donde el largo epílogo que sigue a la muerte del bandido se convierte en una película en sí mismo, aportando todavía una capa más a una película que ya cuenta con infinidad de lecturas.

Tal vez el problema esté en esa famosa infantilización del espectador, o del consumidor de cultura y espectáculos, esa que hace que los subrayados sean imprescindibles y las explicaciones tengan que ser explicitadas “no vaya a ser que se pierda el público”. Parece como si los directores y guionistas temiesen la frustración del espectador al no tener todos los datos, no saber qué sucede exactamente con cada personaje, no recibir un cierre completo y absoluto. Es como si en algún momento algo tan estupendo como la leve insatisfacción que se siente al terminar una buena película y desear querer saber más se hubiese convertido en una enfermedad contra la que luchar. En alguna parte del camino nos olvidamos que el quedarse con algo de hambre es mil veces mejor que el maldito empacho.

Alberto Haj-Saleh | 15 de junio de 2011

Comentarios

  1. Juanjo
    2011-06-16 07:43

    Tu última frase es la que justifica a algunos restaurantes caros para que salga uno con más hambre que un regimiento y unas ganas locas de comerse un bocadillo de tortilla de patatas.
    Por lo demás, estoy plenamente de acuerdo.


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