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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Nanni Moretti (III) - El giro hacia el existencialismo

Nanni Moretti da un paso hacia delante en su madurez como director con Bianca (1984), su siguiente película. Aparcando momentáneamente obsesiones políticas y generacionales, el director coloca a su otro yo, siempre Michele Apicella, en la posición del neurótico obsesivo existencial: Michele es un profesor de secundaria en una escuela paródica y grotesca donde el director de la misma busca dar una permanente imagen de felicidad. Y es precisamente esa felicidad el fruto de la obsesión de Michele: incapaz de encontrar para sí una relación sentimental, se dedica a rastrear hasta los detalles más íntimos de las relaciones ajenas, de sus amigos y vecinos. El profesor pregunta, con tono inquisitorial muchas veces, sobre los puntos más personales de la vida amorosa de la gente que acaba de conocer, buscando siempre “obligarles” a vivir una vida de ensueño y amor, persiguiendo obsesivamente una perfección sentimental inalcanzable y, por lo tanto, deprimente para él.

En Bianca, Moretti decide utilizar una estructura narrativa más clásica, alejándose así de los discursos a ratos deslavazados de sus anteriores películas. Sin dejar de lado el absurdo de la mayoría de sus personajes (el director de la escuela, sus amigos, el comisario de policía, su vecino), el cineasta construye una historia que roza el género policíaco para mostrar un terror infinito hacia la soledad y hacia la infelicidad perpetua. Michele llega a conocer a la Bianca del título, el único personaje normal de toda la película (de hecho la única anormalidad que tiene es la de enamorarse del protagonista), que le ofrece un futuro en pareja muy cercano a los sueños del profesor. Pero no puede admitirlo, ya que la sola idea de una ruptura en un futuro le genera una angustia insoportable.

De nuevo la soledad y el existencialismo acompaña al protagonista de La messa è finita (1985). Moretti deja de lado esta vez a Michele para enfundarse la sotana de Don Giulio, un sacerdote católico destinado a una iglesia de la periferia de Roma. Pero Giulio no es el arquetipo de “el buen cura”. En muchos aspectos el sacerdocio es para él una forma de “hacer lo que debe”, de esconderse de sí mismo y de su pasado como militante político de izquierdas. Busca acallar su conciencia a través del orden a su alrededor, y desea ser un buen sacerdote, pero el mundo que lo rodea le confunde, le provoca infinitas dudas sobre la propia condición humana, tal y como le sucede al profesor de Bianca. Giulio desea la felicidad de sus fieles y de sus amigos, pero es incapaz de comprenderlos o ayudarlos: no comprende al anterior párroco de la iglesia, que dejó los hábitos para casarse; no comprende a sus amigos, al que busca el aislamiento herido por el abandono de su pareja, al homosexual descubierto, al ex compañero de partido ahora en la cárcel por terrorista, al viejo anarquista que repentinamente, en la vejez, se siente católico y quiere casarse por la iglesia; no comprende a su padre, enamorado de una chica joven que quiere un hijo de él; y no comprende y, sobre todo, no perdona a la hermana, embarazada y decidida a abortar, y a la madre, suicida incapaz de soportar el abandono del padre. Aquí no quedan apenas restos de comedia, la confusión de Giulio, que es la confusión de toda la sociedad que le rodea, no tiene un asomo de esperanza. Moretti se ha alejado completamente del análisis de la crisis generacional para centrarse en la crisis individual del ser humano incapaz de desenvolverse en un entorno hostil. La paz sólo se encuentra en la infancia protegida pero la ensoñación y el recuerdo del pasado no es una respuesta válida. La única solución del sacerdote es una nueva huida, alejarse de los males ajenos de una sociedad occidental putrefacta y buscar la redención en tierras mucho más lejanas.

Alberto Haj-Saleh | 11 de febrero de 2009

Comentarios

  1. Merche
    2009-02-11 21:36

    Ese apunte sobre el Michelle de “Bianca”, el que se cierra en banda a una relación por “una posible ruptura en el futuro”, me ha hecho pensar mucho sobre que ése es un rasgo bastante común en mi generación, a pesar de que ya has matizado que Moretti en estas dos películas está más alejado del retrato generacional y habla más sobre el individuo en sí.

    Sobre “La messa è finita”, he recordado el visionado reciente de “La duda” y en como la profesión de sacerdote (y en general el universo de los profesionales de la religión) dan un juego dramático espléndido en el cine. Moverse en un universo ético cerrado y con determinadas normas abre muchos caminos al guionista y al cineasta, en general.

  2. jorge luis torrico
    2009-08-28 00:29

    hola , fellicidades me ha gustado mucho tu reflexión pero en algunos puntos me parece una reflexión muy superficial, ete cuento que estoy terminado de3 elaborar un importante trabajo sobre el existencialismo en la universidad Católica Boliviana y creo que te puede interesar muchisimo espero tu respuesta y tal ves podamos conversar sobre algunos temas en común.


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