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Butaca no numerada por Alberto Haj-Saleh

Sentado en una vieja Butaca no numerada de terciopelo rojo, el autor se lanza a una reflexión impúdica todos los miércoles sobre cualquier cosa que se atreva a moverse por las pantallas, sean éstas de cine o no. Alberto Haj-Saleh es editor de LdN y autor de la columna Teatro Abandonado.

Hagamos lo correcto

Me contaba hace tiempo una amiga escultora cuál había sido la peor crítica que había recibido nunca. Fue terminando la carrera de Bellas Artes cuando ella le mostró una figura femenina recién terminada a uno de sus profesores, quien le dijo arqueando un poco las cejas: “está bien”. Aquello la hundió irremediablemente en la miseria: es cierto, su obra no había provocado odio ni asco, no era terrible ni horrenda, no daban ganas de destruirla, no. Pero todo aquello hubiese sido mejor que un distraído e indiferente “está bien”. En realidad esa tristeza que sufrió en aquel momento hablaba bastante bien de ella; de mi amiga, digo.

De todas las críticas tópicas y absurdas que se le hace al cine español, de forma genérica e injusta la mayor parte de las veces, la que menos se escucha es la que creo más achacable a la cinematografía nacional. Matizo: no hablo de “cine español” como género (¡no es un género, maldita sea, eso es una idiotez!), tampoco quiero referirme a las películas que están realizadas por cineastas españoles que, tal vez —aunque lo dudo—, compartan ciertos códigos comunes o un vocabulario similar en algunos aspectos. No, de lo que quiero hablar es más bien de una especie de “clase media” dentro del cine hecho en España, un grupo más o menos nutrido de directores, productores y guionistas que cuentan con oficio y medios para filmar películas de una calidad técnica más que decente y que cuentan la mayor parte de las veces con un reparto eficaz (porque tenemos una cantera de actores con una calidad más que aceptable, aunque alguno sea feliz afirmando lo contrario). El defecto que más se repite en esa clase media del cine es una pasión por hacer las cosas de la forma más correcta posible, una especie de culto a la mediocridad, entendiendo mediocre en su sentido más literal, “de calidad media”. Ni para arriba ni para abajo. Como esa masa de estudiantes anónimos que pueblan las universidades y que en cinco años no han levantado jamás la mano, nunca tuvieron una matrícula y no llegaron a mover sus calificaciones del 6. ¿Titulados universitarios? Sí, grises titulados.

Dentro de esa categoría de cine español “correcto” cuadra perfectamente la última película como directora y guionista de Ángeles González-Sinde, Una palabra tuya (2008), actualmente en cartel y con un arranque en taquilla aceptable (en una línea media, je). El filme narra la historia de una chica amargada con un trabajo mal pagado que vive con su madre enferma en la periferia de Madrid. Por azar coincide con una antigua compañera del instituto con la que empezará una amistad muy estrecha y juntas afrontarán los pequeños dramas de dos vidas pequeñas. Para ello cuenta con un guión bien hilvanado y ágil y con dos actrices, Malena Alterio y Esperanza Pedreño (que seguramente será candidata al Goya en esa extraña categoría de “actriz revelación”), que hacen suyos a los personajes y ofrecen una interpretación sólida y convincente, acompañadas por un elenco de secundarios muy solvente.

Por favor, sustituyan los nombres propios y el título de la película del párrafo anterior por otros cualesquiera y se convencerán de que ese texto lo han leído muchas otras veces. Y lo que te rondaré morena. ¿Qué tiene de malo Una palabra tuya? Intrínsecamente nada, no es una película dañina, no rechina, no estorba, no molesta, no provoca ofensas, no genera ni generará odio visceral. Todo eso es, esencialmente, lo que tiene de malo en realidad: González-Sinde ni siquiera hace el amago de salirse de la línea recta marcada, como cuando se rellenaban los cuadernillos Rubio, terminando por filmar un discurso homogéneo, sabido, sin riesgo, plano e inofensivo. Ese temor endémico a fallar condena a esta película, a tantas otras (la última de Fernando Colomo, Rivales, sin ir más lejos), a vivir en el limbo de los filmes amables y condenados al olvido eterno, películas creadas educadamente, sin ánimo de molestar, invisibles aunque se las esté mirando.

Alberto Haj-Saleh | 03 de septiembre de 2008

Comentarios

  1. Alberto
    2008-09-03 22:39

    Yo en cambio creo que en actuación tenemos un nivel altísimo, alto de verdad, aunque es cuestión de opiniones.

    Mira, González-Sinde no cambiará nada ni caerá en la cuenta de nada porque mientras que no hagas un “catacrock” bestial no tienes ni por qué notar que algo no funciona. Es endogamia pura, como en los libros, vaya: Rosa Montero saca una novela, que aparece como cabeza de catálogo de Alfaguara, la entrevistan y critican en Babelia y El País Semanal, la alaban en “La ventana” de la Ser y Gerardo Herrero va a dirigir su adaptación al cine. ¿La novela? La novela normalita pero a menos que venda “CERO” nadie hará pensar a Rosa Montero que está haciendo una mediocridad (NOTA: esto es un ejemplo completamente “ficticio”). ¿Por qué iba a cambiar nada González-Sinde, o Cuerda con “Los girasoles ciegos”, película de la que no voy a hablar porque ya lo he hecho sin querer con la columna de hoy? Con pocas copias, 83, ha tenido una taquilla más que decente, aquí en Santiago ha sido un pequeño éxito, por ejemplo. Su campaña audiovisual es amplia, los blogs amigos y las revistas publicitarias (hola Fotogramas) ya le han dado su bendición, a Malena Alterio le caerá una nominación al goya y a Pedreño probablemente el goya entero… ¿por qué narices iba a cambiar nada para la próxima vez? No es un éxito pero no es un fracaso, no entusiasma pero nadie la odia, no es un diez pero no es un cero. Me voy a casa con mi 6’5 tan feliz.

    Mira Médem: el tío ha muerto matando, ha hecho una película terrible, desastrosa, horrenda, inolvidable en el mal sentido… fiel a sí mismo, arriesgado pero espantoso. Y ha tenido que recibir un guantazo enorme de crítica y público para que se haya ido fuera a pensar qué ha podido ir mal y a pensar de qué manera puede cambiarlo todo.

    A. G-Sinde no cambiará nada porque todo va rasito, rasito…

  2. Alber
    2008-09-04 00:44

    De hecho, lo que Cuerda ha hecho con “Los girasoles ciegos” ratifica por completo tu tesis de hoy, Alberto (con la que estoy de acuerdo). De los cuatro bellísimos textos que componen “Los girasoles ciegos”, para la película eligieron el peor de ellos. Peor a pueblos del resto. Me da igual que se Azcona el guionista. Como si es Tarantino. Pero en ese libro hay material para hacer arte de verdad. Sin ir más lejos, el relato del poeta que se echa al monte con su mujer embarazada. Esa historia tiene una potencia capaz de dejar a una audiencia pegada a la butaca. Se acaba la peli y allí no tiene huevos para levantarse ni Dios.

    Pero no es lo correcto. Es lo arriesgado. ¿Para qué meterte en semejante berenjenal teniendo una historia de amoríos ahí mismo? Total, cuando compras los derechos de un libro, los compras de todo el libro. Así que de tu capa un sayo.

    Cuerda (y mira que me jode decirlo, porque algunas de las pelis que más me gustan del cine español las ha hecho él) ha hecho lo correcto. Una peli, sin más. ¿Para qué liarla pudiendo hacer lo correcto?

    Y para Manolo: no seas exagerado. Tampoco tenemos tantos buenos guionistas. Me refiero a guionistas buenos de verdad. En activo. Hala, dime tres. Y te dejo que uno sea Amenábar.

  3. Merche
    2008-09-04 02:18

    Podemos mirarlo por el lado positivo. A comienzos de los 80 el cine español era un erial. En la presente década uno puede ir a ver un número considerable de películas españolas que se ajustan a la descripción que has dado. Eso se llama… ¿industria? ¡Tal vez aquí ya hay industria! Pero de verdad, sin sarcasmos. El “nivel medio” son las pelis de González-Sinde o la de Cuerda. Pues oye.

    PD. Es por aportar otro punto de vista. A mí ambas películas me han entretenido aunque posiblemente mañana mismo las habré olvidado.

    PD2: También hay un sector arriesgado que naufraga pero intenta ser diferente, y no hablo de Albert Serra. Por ejemplo Vigalondo y sus cronocrímenes o Santi Amoedo, que sin irse a los márgenes de la industria pretenden hacer otra cosa… salga mejor o peor.

  4. Ana Lorenzo
    2008-09-18 18:03

    Lo de Los girasoles ciegos empieza mal desde la publicidad: basada en la novela (sic) de Alberto Méndez… ¿qué novela? ¡Un libro de relatos, eso es lo que es! Y lo bonito y estupendo del libro son todos y cada uno de los cuatro relatos. Como dice Alber, ¿para qué meterse en lo complicado si con lo simplón de la historia más comercializable puede salir de esta? Pero, hombre, al menos, que digan que está basado en uno de los relatos del libro, que anda media España preguntando por la novela de Alberto Méndez, y los libreros les dan el libro con la foto de la película en la cubierta. No sé por qué me sientan tan mal estas supercherías con que el mundo del cine cubre el mundo de la literatura, vaya.
    Un beso.


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