A Joan de Sagarra le han puesto una prótesis en la cadera. Su artículo de esta semana es una crónica de su estancia en el hospital. “A decir verdad, he tenido mucha suerte. Enrique, mi compañero de habitación, un aragonés, de Huesca, que hace años perdió los dos antebrazos y las dos piernas en un accidente laboral; un tipo más o menos de mi quinta—ambos frecuentamos el campamento de Talarn con un par de años de diferencia—, resultó ser un aragonés de pura cepa, socarrón y con un envidiable sentido del humor. Escuchaba la Cope por las mañanas, más por diversión que por otra cosa, porque Enrique pasaba de los políticos y se declaraba fan del Villareal. Se cabreaba con el jolgorio que organizaban los familiares de los pacientes en los pasillos (pasada, con creces, la hora de las visitas) y añoraba la presencia de una monja sargento que pusiese un poco de orden. Una de nuestras conversaciones favoritas versaba sobre la célebre tortilla del Sant Pau, una tortilla verduzca, de argamasa, con láminas de champiñón, absolutamente incomestible, y ambos soñábamos con escaparnos del hospital (es muy fácil) e irnos a zampar una mariscada a la Barceloneta.” ¡Qué bien se está en casa!.