El boom de la literatura de ciencia ficción en la segunda mitad del siglo XX nos llenó de frustraciones: uno veía toda esa maravillosa tecnología y se imaginaba su futuro como un goce constante del silicio. Sin ir más lejos, yo pensaba que mis padres perdían el tiempo y el dinero enviándome a tanta academia de inglés, pues pronto los traductores automáticos comvertirían en supérfluo el idioma utilizado para expresarse. Pero el futuro es una patada constante en los genitales, y ahora nos encontramos con el dilema de caminar hacia la unicidad lingüística o mantener un Babel costosísimo. Gabriel von Toddenburg se pregunta cuáles son los límites de la variedad lingüística: “En EE UU, la movilidad es seis veces mayor que en la UE: las barreras lingüísticas frenan el tráfico de bienes y personas. Por eso, para la economía existen dos escenarios lingüísticos ideales: uno que todos hablen una misma lengua o que todos hablen todas las lenguas. La primera variante, es decir, la creación de una lengua franca no fue deseada políticamente en ningún momento o factible de hacerse realidad. Sin embargo, el inglés ha sido, entretanto, lo que fue el latín en la Europa de la edad media. Los motores que hacen que el inglés sea dentro de Europa el vehículo lingüístico transnacional dominante, se encuentran, no obstante, fuera de las instituciones europeas. En cambio, la Europa oficial acaricia la idea de una versión sencilla de la segunda variante: en Europa deberían hablar tantos ciudadanos como sea posible tantas lenguas como sean posibles, como mínimo dos lenguas adicionales a la lengua materna. Este es el deseo del nuevo plan de acción europeo para el aprendizaje de idiomas.” La confusión lingüística de Europa: ¿una joya o una traba?