La mayoría de los arquitectos piensan los edificios de afuera para adentro. El Guggenheim Bilbao carece de versatilidad expositora, el Museo de las Ciencias de Valencia no acaba de funcionar. Pensar primero la utilidad del edificio y segundo su belleza, sin descuidar su belleza, es lo difícil, lo grande. Mariano Gistaín pide exactamente ese tipo de grandeza arquitectónica a los diseñadores de la Expo de Zaragoza: “Hay un poco de prevención a que con la excusa de la Expo se llene el meandro de edificios invivibles, mastodontes megalómanos para oficinas oficiales. El ejemplo de edificio invivible es la estación de Delicias, que sobrellevamos con cristiana resignación. Ese edificio, que parece un parque temático para experimentar diversas penalidades, debería ser el ejemplo de lo que no hay que hacer, en ningún caso, para la Expo (la rotonda de la MAZ tampoco es mal ejemplo, a otra escala). Es la culminación de una serie de despropósitos: ahorrar en infraestructuras, soterrar poco y mal, no hacer caso jamás a los expertos ferroviarios nativos—que venían avisando desde el primer día—y como colofón, un edificio magnífico, precioso a media distancia, con los aros de nata, etc. Pero en toda esta megaobra jamás se ha pensado en las personas, los ciudadanos, la usabilidad, la amabilidad. Todo sufrimiento y a esperar que pasen los lustros y ya se irá ajustando. No hay ni un átomo de pensamiento estratégico, sólo ahorrar en tontadas, racanerías de hoy que son gastos inútiles de mañana.” Expo para personas.