El viernes me robaron la mochila. En ella había un par de libros fácilmente reemplazables y la libreta en la que voy anotando ideas, versos, datos históricos, dibujos para mi nuevo espectáculo. Perderla me dolió. Sin embargo, un par de horas después, cuando estaba en el teatro, me llamaron de Valdeska, mi librería favorita, para decirme que alguien había encontrado mi mochila y se la había dejado, gracias a una factura emitida por ellos. Perder esa libreta hubiera supuesto que me hubiera quedado sin la historia de un proceso de trabajo de varias semanas. Una pérdida importante. Bárbara Jacobs escribe esta semana sobra la pérdida de objetos importantes, en su caso la carta que una traductora iraní le envió para pedir permiso para traducir sus libros al persa. “Ahora, cuando se presenta la ocasión de que yo presuma de que me han traducido al persa, me inhibo bajo la sospecha de que la carta en la que me lo comunicaban no exista y no sea más que un sueño mío. Nunca he buscado nada más afanosamente que esta carta, si es que existe; y nunca he lamentado más la pérdida de un objeto como en esta ocasión. Es más, estas líneas pretenden deshacer la travesura que un espíritu me jugó y que, al terminarlas, la carta aparecerá “como por arte de magia” [...] Cuando mi ánimo decae por completo, una voz dentro de mí me advierte que la pérdida es un castigo. ¿De qué, no obstante; o uno puede ser castigado sin motivo ni aparente ni oculto? De momento estoy a unos 80 kilómetros de mi casa, y no puedo negar que sería feliz si, tras recorrer el camino de regreso y atravesar el umbral de la puerta encontrara, sobre mi mesa de trabajo, la carta de mi lectora iraní.” Perdido y no encontrado.