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Los Señores del Ni o el neocaciquismo

Marcos Taracido

En Monty Python and the Holy Grail (Terry Jones, 1975) el Rey Arturo y sus estrafalarios caballeros ven interrumpido su viaje por los Señores del Ni, gigantes que aterrorizan a sus súbditos gritando y repitiendo sin cesar Niiiiii niiiii niiiii, voz al parecer insoportable y con asignados poderes de exterminio: su sola escucha subyuga a sus súbditos y los aterroriza. Arturo y sus hombres caen en el engaño en un principio, y cumplen sus absurdos requerimientos supuestamente necesarios para poder pasar el bosque donde habitan: traer primero una tinaja, después una tinaja más grande… hasta que se dan cuenta de que el único poder de la palabra Ni es el que le dan sus Guardianes y es absolutamente arbitrario e inofensivo; el desenlace es una desternillante búsqueda de palabras que los Guardianes no pueden soportar oír y con las que les vencen y continúan su camino en búsca del Santo Grial.

El caciquismo ha estado presente en las formas de gobierno desde siempre; se trata simple y llanamente del dominio que ejerce en una determinada zona geográfica o administrativa alguien con posesiones o capacidades suficientes para imponer efectivamente el chantaje: los prestamistas, los dueños de los terrenos o fábricas en los que trabaja el pueblo, los políticos que favorecen o no a determinadas empresas o personas. Los Señores Feudales de la Alta Edad Media ofrecían protección a cambio de los tributos; los caciques decimonónicos se aliaban con los curas locales para ejercer la represisión y controlar a la población: miedo al hambre y al infierno. Durante la Segunda República los caciques, sobre todo en Andalucía, jugaron un papel crucial en los procesos electorales: rebentaron mítines, amedrentaron a candidatos y votantes y dirigieron el voto de sus trabajadores. Incluso en nuestra reciente historia democrática los curas rurales y pequeños alcaldes hicieron (y hacen) una magnífica labor para sus partidos políticos poniendo taxis y acompañando en persona y, por supuesto, dándole la papeleta que debían depositar en la urna a gente que ni sabía a quién votaba ni hubiese ido a votar jamás.

Sin embargo, este cacique valleinclanesco pierde poder, está en declive. Las áreas rurales en cuya dispersión y dependencia basaban su dominio desaparecen y la modernización del campo les perjudica. Ahora el concepto de localismo pierde su efectividad porque los Medios de Comunicación lo acercan todo y la mayor transparencia y libertad hace muy complicada la labor habitual de represión e instauración del miedo características del cacique —ya hubo un anticipo de aprovechamiento del Gobierno central del caciquismo como modelo de Estado en la España de la Restauración, en el periodo 1874-1923, con un fradude electoral sistemático que alternaba en el poder a dos partidos.

Pero no se resignan. Lejos de desaparecer el caciquismo se viste con nuevas prendas y se adapta a los nuevos tiempos. Más aún: ese control del poder mediante las malas artes de la influencia de los jefes locales al margen de las Instituciones ha cruzado los estrechos márgenes en que se movía tradicionalmente para auparse a los máximos órganos de Gobierno. Dicho de otro modo: el Gobierno —genéricamente hablando— ha adoptado las formas y modos caciquiles para mantenerse en el poder y afianzar su mandato —el caciquismo, lejos de hacer política, tiene como único fin aumentar o mantener la cuota de poder adquirida.

El asunto del «Prestige» ha sido, en mi opinión, el descubrimiento de la losa que cubre la activa tumba del neocaciquismo. De ahí la suma importancia que ha tenido; no se trata del error en decisiones puntuales, ni de la magnitud de la tragedia —mínima en comparación con sucesos contemporáneos como la caída de la Torres Gemelas— sino del desgobierno: la gestión inexistente, la plasmación de que el Estado estuvo sólo para tapar errores y autojustificarse, en ningún caso para solucionar problemas o administrar —ad ministrare, servir al pueblo—. El modo en que marineros y ciudadanos improvisaron redes y mallas de contención del petroleo en la segunda marea un mes después de la primera, y se lanzaron al mar, recuerda más a la organización de una comuna que a la reacción de un Estado moderno y democrático; de hecho, en varios puntos de la costa gallega se estuvo al borde de una revuelta popular por la indignación y la absoluta indefensión ante la ausencia de medios y organización oficial. Después, la reacción gubernamental fue la del cacique: ocultamiento, compra de opiniones, propaganda. Meses después, con las elecciones locales en ciernes, el Partido en el Gobierno se vanagloriaba de haber pagado mucho más que en ninguna otra marea negra —Fraga abría un seudomítin con un «vengo con el dinero en la mano»—: pan et circenses. El circo fue mediático: ante las críticas ciudadanas y de los partidos de la oposición se desplegó todo un mecanismo de fuegos de artificio tan ilusorios como efectivos: maravillosos planes de inversiones a largo plazo, vuelco en el heroísmo del movimiento voluntario, maquillaje zafio y pobre de datos y noticias —sirvan de ejemplo los «hilillos» de Rajoy— y el encumbramiento ofensivo e isultante de aquellos que peor hicieron su trabajo: Medalla de Oro de Galicia para el ausente y petulante Ministro de Fomento y candidatura presidencial para Mariano Rajoy, enviado especial del Presidente a la zona. Mientras, se impedía en el parlamento toda investigación o debate y se ninguneaban las críticas y manifestaciones multitudinarias de protesta. La gestión del «Prestige», es decir, la gestión de cómo ocultar la apatía política y la dejación de funciones, y amortiguar y hasta sacar provecho de la indignación popular, es un manual fundacional de nuevo caciquismo: la utilización de la propaganda y la superioridad parlamentaria para evadir responsabilidades y mantenerse, intacto, en el poder.

Se trata de mostrar un sólo lado de la realidad; aún más, de crear una realidad paralela y tratarla cómo única y veraz. El modus es relativamente sencillo: cosificar la realidad, restarle a las palabras —que son con las que creamos nuestra realidad— la connotación, otorgarles un único significado favorable siempre a intereses particulares de la élite gobernante, operar en las palabras una burda poda de matices y asignarles el significado más apropiado para simplificar y dividir la realidad, para que su sóla emisión a través de la inestimable ayuda de los Medios de Comunicación defina, momifique y adelgace realidades complejas: los Señores del Ni: los violentos, los demócratas, los constitucionalistas ya no son palabras multisememáticas, sino armas arrojadizas para aterrorizar a la población y que por sí mismas generan realidades etéreas, falsas, pero útiles para mantener el contro y que nadie atraviese el bosque.

La segunda parte del «Prestige» llegó con la guerra de Irak. Una vez más, la indignación no salta por decisiones o razones políticas o errores de perspectiva, sino por las maniobras de ocultamiento, por la falta de transparencia, por el desprecio de todo procedimiento democrático: se recurrió una vez más al caciquismo, a la simplificación del lenguaje —en este caso amplificación interesada: terrorismo es todo lo que no gusta, o lo que interesa que lo sea—, a la toma de decisiones unilaterales, al ninguneo, a la influencia mediática para mentir e impedir el debate o el diálogo. La consigna es no pasa nada —y no pasa nadie—.

En otra escena de Monty Python and the Holy Grail, absolutamente hilarante, Arturo se encuentra en otro bosque con una caballero de malla negra que no deja pasar a nadie. Ambos comienzan a pelear con sus espadas y Arturo le corta un brazo al caballero. Lejos de amilanarse el tullido reinicia la lucha con mayores bríos y el Rey bretón le corta el otro brazo; éste da por acabada la pelea, pero el caballero negro le commina a seguir la pelea mientras le da patadas; Arturo entonces le corta una pierna, pero el hombre, saltando sobre su única extremidad, se abalanza sobre él y choca repetidamente con su cuerpo. La última pierna vuela por los aires, y mientras Arturo reincia la marcha por el bosque, el cuerpo desmembrado del caballero negro le grita desde su inmovilidad que no huya, covarde. La negación de la derrota; la negación de la realidad.

Veo en el caballero negro la estampa de varios políticos gobernantes. De nuevo Irak es ejemplo: aunque los ojos y los oídos nos dicen a todos que el Presidente dijo lo que dijo, su entorno insiste en negarlo. No pasa nada. La influencia en los telediarios oficiales —Lorenzo Milá confesaba en la revista El semanal que los telediarios de Televisión Española estaban censurados— hace que estos difundan la versión favorecedora: la versión real. Un Director de Informativos condenado judicialmente por manipulación informativa que es condecorado como ejemplo de periodista, es otra muestra. Y más reciente: el Ministro de Defensa —que tiene pendiente todavía una dimisión por el caso de los 62 muertos del Yak-42— declara que le hubiese gustado invadir Peregil ocho años antes para que nuestro pescadores tuviesen con anticipación caladeros en aguas de Marruecos; la genialidad provoca indignación en el Gobierno marroquí. El Ministro zanja el asunto: «Yo mismo di por no dichas esas palabras» —de nuevo el lenguaje creando realidades inexistentes: la simple negación verbal de lo dicho lo hace desaparecer; la función metalingüística del lenguaje convertida a función poética—. No pasa nada. Añade que será el electorado el que decida sobre si hace bien o no: ¿es que va a haber una papeleta con el nombre del Ministro entre las elegibles? Sin brazos ni piernas, pero vivito y coleando, y bravucón, y a diferencia del tronco del caballero negro él sí impide que se cruce el bosque.

Control férreo de los Medios de Comunicación oficiales, cosificación de la realidad, utilización de las influencias en empresas y Medios para beneficio propio, oligarquía rampante, anulación del debate utilizando la mayoría parlamentaria para establecer una demodictadura durante cuatro años. El ejemplo de Fraga Iribarne al frente de la Xunta de Galicia ha sido esclarecedor para su partido. Fraga ha utilizado las armas del caciquismo tradicional con una habilidad pasmosa: su gobierno consiste en un perfecto dominio de la propaganda y el apoyo de los líderes locales: la Televisión Gallega convertida en una nadería carente de todo elemento crítico o complementador de la realidad que para sí quiere el Presidente; la inauguración de obras como maximo acto administrativo: es famosa la comitiva de coches que transporta y acompaña a Fraga por toda Galicia a velocidades imposibles para estrenar el máximo número de infraestructuras al día: pan et circenses; el gobierno de los amigotes, la pirámide caciquil que funciona con engranaje lubricado, el favor como prebenda política, el discurso del miedo como único argumento electoral, la creación de un Estado policial en el que la inseguridad otorgue patente de corso a los gobernantes.

Acabar con estas estructuras no es sencillo. Se necesita un Estado plural, verdaderamente democrático en sus cimientos; se necesita que los poderes locales dejen de serlo: que los ciudadanos sepan cómo combatirlos, que no se permita el chantaje; que haya leyes que regulen la absoluta independencia de los Medios de Comunicacicón oficiales, que la transparencia sea ejemplar. Se necesita Conocimiento. Se necesitan bosques libres de Señores del Ni y de caballeros negros, y de haberlos, que al menos sepan reconocer su derrota.

Marcos Taracido | 25 de febrero de 2004

Comentarios

  1. juan carlos
    2004-02-25 22:02 Eso es. Exactamente ese es el comportamiento del gobierno del partido popular. Quería una definición tan clara como la vuestra para espetarsela a quienes todavía les votan cuando dicen que no entienden por qué el que tenemos no es un gobierno democrático.
  2. talcual
    2004-02-25 22:57 La concentración de los medios se da más en el sentido contrario al que comentas, pero bueno el motivo del comentario es decirte que se te ha escapado un “covarde” terrible. Cuando lo cambies puedes borrar este comentario, es sólo para que lo sepas. un saludo.
  3. Marcos
    2004-02-26 00:04 El caso es que repasando el artículo en la web vi el “coVarde”, pero después olvidé corregirlo. Gracias. Y gracias también a Juan Carlos. Saludos.
  4. raul perez cobo
    2004-03-02 09:03 Y nos traeran en lugar de la almaciga, un arenque podrido de los caladeros marroquies y diran, respecto de Trillo y otras chapuzas: “Ni, digo: no: mas bien: ni…” Los mitos y sus parodias: “o tempora o mores” (Lo recomendable: The holy grial”


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