Libro de notas

Edición LdN
Ánfora de Letras por Max Vergara Poeti

Apuntes de viaje, recorrido en bote o hidroavión por el Amazonas literario. Imágenes desde el Jardín de Corifeo, lecturas recomendadas por Zenódoto de Éfeso. Max Vergara Poeti es escritor y traductor. Ha colaborado para diferentes revistas culturales y literarias de Colombia e Italia, sus dos patrias, asimismo como de otros países Hispanoamericanos.

El Airbus A-380-800

Apenas unas horas antes del vuelo, en un chequeo rutinario a los billetes mientras desayunaba en un agradable café sobre Sunset, caigo en cuenta de que, no por coincidencia, volaría en el nuevo gigante de los aires. Casi tímida, confusa, era la anotación en el billete: “388”. Una llamada a Qantas en su oficina de Los Angeles fue suficiente para salir de dudas. No lo pensé dos veces, de inmediato, en hacérselo saber a un par de amigos, y desde Buenos Aires a Nueva York se regó la noticia.



El vuelo QF94 de Qantas hacia Melbourne estaba programado para partir a las 11:30pm de aquel lunes, aunque se elevó sobre Los Angeles faltando un cuarto para la medianoche. Ya hace un tiempo había completado la misma ruta a Sydney —doce mil kilómetros medidos en 14 horas, pasando por 6 zonas horarias y sin escalas a bordo de un Boeing 747-400 también de Qantas—, pero esta vez iría a Melbourne, que está una hora más al sur, y en el A380. Por lo tedioso del recorrido, 15 horas 25 minutos, reservamos como siempre para esta clase de travesías en primera clase (casi seis mil dólares por plaza), que se traducía a comodidad y, sobretodo, acceso ilimitado al avión (si es quería hacer esta nota). Porque da la casualidad que, en clase económica y súper económica, el viajero no carece de “privilegios” para acceder al segundo nivel del avión y echar un vistazo a la cabina “business” y, por supuesto, la espectacular “First”.

Se trata de un avión hermoso, aunque estéticamente parezca un delfín obeso. La primera aerolínea en el mundo que recibió el A380 fue Qantas, y quería verlo de día, así que no tardamos en salir del hotel para acampar en LAX. Fue fácil captar un sinfín de imágenes, desde que aterrizó en su aventura de Melbourne hasta que lo preparaban para nuestro viaje. Por ello, me limitaré a describir minuciosamente la experiencia Qantas a bordo del A380 en su trayecto Los Angeles-Melbourne, con la advertencia que de aerolínea en aerolínea puede variar.

Qantas ofrece varias categorías de silletería, comenzando por la “económica”, que aunque tiene tonalidades futuristas, es demasiado estrecha, casi como un camión de ganado. Le sigue una que denominan “economy Premium”, lo que significa un pelo más holgado (es como en algunos cines donde los pasillos quedan más cerca del centro del sándwich), pues a partir de aquí, las cosas mejoran, ya que ascendemos (y también por las escalas) a “Business”, donde las sillas se convierten en las que usualmente se ven en primera clase en otros aviones. Y, finalmente “Primera”, prácticamente con sus dormitorios de lujo y sus artilugios electrónicos. En económica, un billete bien puede costar 2 mil dólares ida y vuelta, mientras que en Primera superará los 6 mil, y en Business, casi unos 5 mil. Lo recomendable, como viajero empedernido, es la máxima comodidad, particularmente en viajes que superan las 8 horas. El descanso de las vacaciones comienza desde la llegada al aeropuerto, no hay que olvidarlo.



Entre otras cosas, la primera clase da otra serie de ventajas, como el embarque preferencial y el manejo más rápido de maletas (y ya lo dije, la posibilidad de caminar sin restricción por el avión). Por lo demás, todo es igual. Una de las ventajas de los A380s de Qantas es que esta aerolínea ofrece internet abordo (bien democrático, como debería ser) y conexiones USB y eléctricas en cada silla, de modo que nadie se queda sin batería.

El avión que nos llevaría a Melbourne era el Nancy Bird-Walton (matrícula VH-OQA), hoy una nonagenaria que fue pionera de la aviación australiana, avión que luego me enteré fue el primer A380 que recibió Qantas en septiembre de 2008, y de los que ya posee 3 en operaciones (como también el que piloteó John Travolta en su vuelo inaugural, por cierto).

Olía a aire purificado, a limpio (por no decir “nuevo”, ¡que suena tan a cliché!), no a ese olor peculiar de los aviones de mucho vuelo que oscila entre oxígeno, queroseno y mugre de alfombra. Bajo la excelente iluminación, una azafata me condujo a mi compartimento o celda de lujo, entre la nariz y la puerta de acceso al “upper deck”. Me quitó la americana que llevaba puesta, como en los mejores restaurantes, y la colgó en un perchero una vez en mi silla, tras de lo que procedió a enseñarme el bonito juego de toallas de mano y cara Molten Brown. ¿Le apetece beber algo?, me dijo, y en vista de mi petición regresó al cabo de un minuto con una San Pellegrino, un doble de Chivas y dos tazones con aceitunas y pistachos. Me senté apoyando mi cabeza en la almohada, con los pies sobre la manta y el par de toallas, y saboreé el Chivas. Aún no cerraban las puertas y se escuchaba el rumor de la tropa. Una azafata sonriente me trajo la primera toalla caliente para mis manos, y otra, los periódicos del día (escogí la edición del Sydney Morning Herald, por supuesto). Si quería revistas, al final del pasillo había una pared con todo lo inimaginable.

De inmediato, mi primera sorpresa, pues ya estaba a la caza de las anomalías, fue los visibles avisos de prohibición de fumar y la presencia de ceniceros. Sí, tal como lo leen, ceniceros. ¿Pero a qué diablos se debía el exabrupto? Una de las azafatas cordialmente explicó que estaban ahí por exigencia de la [obsoleta, digo] Autoridad Federal de Aviación estadounidense, que los hace mandatorios. Menuda estupidez. ¡De entrada había detectado cuál era el apéndice del A380!

Silencioso, sólido, mi A380 se elevó sin la sensación de vacío y brusquedad (por lo paquidermo, claro), y puedo decir que fue el despegue más agradable de toda mi vida. A medida que acelera, el sonido de la turbina se silencia las alas se separan de la tierra rápidamente, de modo que si alguien está muy concentrado en una conversación o con sus audífonos puestos, probablemente siente el ascenso diez o quince segundos después de producirse. El único sonido que recuerda a los viejos 747s es el de los alerones, y es cuando te dices ¡quién diablos está haciendo ese ruido!



Primera tiene 14 plazas giratorias, que al aterrizar y despegar parecen cualquier otra silla, pero que en vuelo adquieren ya sea forma de cama (valiéndose del asiento negro de cuero que parece una otomana) o sillón. Por ejemplo, mi silla giraba siempre a la izquierda. Hay dos servicios en la parte delantera, y no hay compartimentos para poner equipaje de mano para las sillas del medio, excepto en las dos hileras sobre cada ventana. El control de las ventanas, traducido en luz, es inteligente. Hay dos botones debajo de cada marco, o, de lo más apropiado me resultó el “master control”, que parece sacado de un Wii pero con pantalla táctil, desde los que se controla. Tocando la pantalla en el lugar adecuado, la luz se disminuye con una persiana blanca que se desliza silenciosamente y difumina. Hacia arriba, vuelve y se sube. Mientras se mueve, otro toque hace de freno, de modo que puede dejarse hasta la mitad. Si se quiere oscuridad total, entonces se activa el mecanismo doble, cae lentamente la persiana romana seguida por la usualmente gruesa que todos conocemos. Las ventanas son grandes, sí, pero gracias a los gruesos cristales, a veces cuesta trabajo ver fácilmente el exterior, ya que tiende a distorsionarse. Los cinturones de seguridad efectivamente funcionan en tres puntos y son de lo más parecido a los de un coche, y el broche se maneja con botones.

Una vez sentado en mi silla, exploré un espacio esquinero pequeño donde puse posteriormente vasos y botellas (¡y un libro!), y a mi izquierda el revistero (el folleto de seguridad, la guía de vinos y la revista Australian Way de Qantas, así como un compartimento con puerta para guardar mis objetos personales. El aire acondicionado puede distribuirse desde varios puntos en el mando en el techo, al igual que la luz, según la posición que uno adopte (muy apropiado para leer). Uno puede tener visitas en su cubículo, y hasta cenar en compañía, ya que está la posibilidad de utilizar la otomana negra, moviendo a un lado la pantalla LCD, y dos personas quedar frente a frente. Hay un montón de espacios donde guardar objetos pequeños como relojes y estilográficas (el mejor es el pomo para colgar los audífonos), aunque no me parecieron tan seguros, ¡y vaya a ver una turbulencia y termina uno perdiendo sus herencias! La mesa desplegable es demasiado chica, de todos modos, si se compara con la de Business o Economy. Un control maestro dirige para cada pasajero la tecnología en vuelo de pantallas, luces y silla (que tiene cuatro funciones de masaje).

Noté que tras el despegue, las azafatas habían rotado o que se habían puesto un uniforme distinto para atender a los pasajeros. Y de repente, se habían aprendido mi nombre. Vino la tal Lucy y me tuteó como si nos conociésemos de toda la vida, y me entregó sonriente unas mudas de noche, por si me quería cambiar antes de dormir a pierna suelta (¡qué poco me conocía!).

Fui a los servicios antes de cenar, y me encontré con que son un poco más grandes que los del 747, y con una ventana (apropiado), pero así como hay cestas con lociones y cremas finas el cuarto presenta muchos defectos, comenzando por la estrecha boca del cesto, y el chorro de agua que podría eventualmente salpicarle a uno los pantalones. Cuando regresé a mi asiento, el sistema IFE de entretenimiento ya estaba encendido, 18 canales y un repertorio de 70 pelis para el de los ojos cuadrados, sin duda.



Con la segunda ronda de bebidas vino Pats, con su acento del Outback, a tomarme la orden. Me ofreció cuatro aceites de oliva extra virgen distintos y cinco clases de mantequilla preparada. Nada mal. Llegaron los “canapés”, con otra chica, Lin, que puso mi mesa. Una verdadera lástima que las regulaciones aéreas obliguen a utilizar hoy cubertería plástica. Una copa de agua y la carta de vinos fue puesta en mis manos. Ordené el “Mas de la Dame Les Baux-de-Provence Coin Caché Blanc 2005”, y cinco minutos después Lucy me trae la caliente “Soupe de Baguette” gratinada con trocitos de calamares, y cuando termino, como en un desfile de modas y con precisión de reloj, Pats aparece con el “Boudin Noir” de acompañamiento y la cazoleta estilo “séte” de salmonete rojo y mejillones, de excelente aroma. Con los digestivos, y desafiando las reglas de Italia (¡por la hora!), se pasearon cappuccinos y postres, pero yo me quedé con la tarta de mango y almíbar de maracuyá, muy equilibrada en sabor, con crema casi molecular. Bebí una taza de té (que no puede faltarme) y me relajé en mi silla. Al cabo de una hora, todas las almas en la cabina (excepto la mía) dormían. Llamé a Lin, que estaba al alcance, y le pedí que me hiciera mi cama (¡de haberme visto mi madre!): sobre la silla tendió un grueso y suave edredón Duna, y esperó a cerciorarse que le jurara que estaba cómodo de verdad. Además, me entregó dos botellas de agua, por si me quedaba seco.

A la mitad del viaje sólo había movimiento de la tripulación en Business y Primera, como era de esperarse. Medio uno se movía o miraba alrededor y ya se te plantaba de frente alguna azafata con su: ¿Qué necesita, señor Vergara? Pues sí, a medio camino me invadieron esas ganas de comer algo dulce, y Lin no dudó en traerme una copa de helado de chocolate belga con cerezas. Incluso mientras dormía, no dejaron de pasar revista para ver si medio abría un ojo y se me ocurría pedir algo.

Tres horas antes de aterrizar en Sydney, en la semipenumbra, me levanté tras alternar mi tiempo entre dormir y leer y eché un vistazo. El 80% de los pasajeros aún dormían. Sé que en Singapore Airlines y Emirates, por ejemplo, que no sólo derrotan a Qantas sino a cualquier otra aerolínea, lo que para mí era lujo en Emirates podría ser “Premium economy” perfectamente. Inspeccioné las clases económicas y me di cuenta que habían sillas demasiado reclinadas sobre los pasajeros que tenían detrás despiertos, y que parecían ya bizcos con la pantalla de 10 pulgadas casi en la narices. Business era un pabellón de cancerosos, y más de una vez temí que algún durmiente fuera a caer. En algo ya se me había pegado el elitismo de Primera, con Pats y Lucy apostadas en los flancos de los accesos vigilando con su expresión del hampa rusa.



Parecía ya un niño e incluso se me unieron dos chiquillas igual de inquietas en mi exploración. El entretenimiento en Business y Primera es excepcional, y seguramente los chicos, y no uno, ya demasiado serio y repeinado, sacan de él mejor provecho. Destaca la pantalla táctil con juegos a lo Play Station y los programas infantiles. Aunque si bien es cierto, Primera no es lugar para llevar niños, donde quedarían peligrosamente aislados en un cubículo. ¡Como tampoco la súper económica!

Por lo demás, la velocidad promedio, según las pantallas interactivas de seguimiento de vuelo (que además permitían elegir entre las tres cámaras externas desde las que se podían ver distintos planos del avión), osciló entre los 970 y 975 kilómetros por hora, en match .09, y a una altitud de crucero de 36 mil pies.

Aproximadamente dos horas antes de aterrizar se encendieron las luces del pasillo (¡llevábamos ya una hora en amanecer, entre sol y sombra!) y las azafatas se pusieron a trabajar para el desayuno, abajo con las mesas rodantes de servicio, arriba con las bandejas en cada mano. La fruta era fresca, dulce y al gusto, al igual que los huevos y el pan (desde croissants hasta bollos de cereales, galletas, rollos dulces y magdalenas), además de bebidas calientes con distintas combinaciones de tipo cóctel. A quienes les costaba reincorporarse, vi para mi horror a Pats entregar latas de Red Bull.

En el descenso, el sobrecargo fue silla por silla y estrechó las manos de cada uno de nosotros, tras de lo que hubo una nueva ronda de toallas calientes y se dibujó la visión de la costa australiana en el horizonte próximo. Fue un descenso largo, advierto: no debe ser fácil hacer bajar un avión de 500 toneladas.



Aterricé en el aeropuerto de Melbourne a las 8 de la mañana del miércoles. Entre zonas horarias y horas de vuelo, el A380 nos había robado el martes a todos. Bromeo. Llegamos con un retraso de catorce minutos, pero lo más tedioso estaba por venir. El paso por los controles migratorios en Sydney o Melbourne suele ser a veces molesto: ni con un pasaporte europeo logra uno librarse de los chequeos exhaustivos de las autoridades australianas, que según sé, en algunos casos llegan hasta la xenofobia. Por ello merece que aquí lo advierta y, de paso sea dicho, porque sólo ocurre en los aeropuertos.

Max Vergara Poeti | 04 de junio de 2009

Comentarios

  1. enver555
    2009-06-04 18:29

    La primera aerolínea en recibir los Airbus 380 no fue Qantas, fue Singapore Airlines: http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_Airbus_A380_orders_and_deliveries


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